Calle de París, tiempo lluvioso - Gustave Caillebotte
Entre mi cobardía,
soy feliz escuchando rayos.
La lluvia, sin parar,
significa tranquilidad.
Recuerdo los días grises
y aquellos momentos inolvidables.
A veces, mis ojos se convierten en nubes,
donde alguna lágrima empieza a caer.
Despacio,
en el mayor silencio,
cada gota es un baño de emoción.
En espacios cerrados,
mi lugar favorito es la ventana.
El frío se inyecta,
tarda en salir y me congela,
pero no me impide seguir.
Los demás parecen ir de afán;
unos quieren escampar...
Me apropio de este andén.
La lluvia es capaz de bajar mi velocidad.
Mi cabeza mira el suelo,
y no me importa
si con alguien voy a tropezar.
El día nublado,
y empieza la mente a torturar.
Vuelve esa pregunta:
¿Por qué?
Es bienvenida, así no tenga respuesta;
a ella le gusta conjugar el clima
y formar tormenta.
Me asustaré el día que, al ver llover,
no pueda escribir;
que, al escuchar el sonido de las gotas,
no sienta nada
y me quede sin decir.
Lluvia...
Inspiras como el café,
igual que un atardecer.
Si estoy bien o mal,
eso no importa.
Te sales con la tuya
y luces al rimar.
